El sueño es uno de los pilares de la rehabilitación. Actualmente, el sueño y el descanso son dos de las herramientas más eficaces en el manejo del dolor.

El dolor, más allá del daño real o potencial en el tejido, afecta a la calidad de vida de la persona que lo padece. Ya lo adelantaba la enfermera McCaffery en el año 1968, cuando lo describió en una frase: “El dolor es todo lo que una persona siente cuando dice que tiene dolor”. En efecto, debido al componente multidimensional del dolor, el sueño es uno de los factores que están más relacionados con este.

Se sabe que una disminución de la calidad del sueño puede afectar al día a día de los pacientes: se estima que entre 1 de cada 2 de pacientes con dolor moderado-intenso sufren trastornos del sueño asociados a despertares nocturnos por dolor, dificultad para quedarse dormidos y sueño no reparador. Estos trastornos del sueño presentan una relación directa y bidireccional con la intensidad de dolor que sufre el paciente, ya que el dolor puede provocar una mala calidad del sueño y este último, a su vez, conlleva un incremento en la intensidad de percepción del dolor. Por otro lado, se ha visto que las personas que sufren insomnio tienen una mayor sensibilidad al dolor, además de tener un umbral más bajo de tolerancia al dolor por frío o calor, relacionados con sensibilización central y, comúnmente, con procesos de ansiedad o depresión. Es necesario un abordaje que vaya más allá del tratamiento farmacológico, que incluya algunas de las medidas que veremos a continuación.

Dormir bien, protección frente al estrés

El dolor, más allá del daño real o potencial en el tejido, afecta a la calidad de vida de la persona que lo padece

Y, por si fuera poco, esto no solo se relaciona con el dolor: una privación del sueño afecta a funciones cognitivas como la atención, la concentración, la memoria, el aprendizaje, el rendimiento (académico y deportivo), la fuerza de contracción máxima muscular o la capacidad de regulación de los estados de ánimo. Esto último es debido a que la privación del sueño va a provocar la hiperactivación de la amígdala, que es una estructura cerebral localizada en el sistema límbico, que media en las reacciones emocionales negativas, además de ser crucial en la dimensión motivacional y afectiva del dolor. También se verá afectada la liberación de hormonas como la oxitocina, la testosterona, la dopamina, la serotonina o la hormona del crecimiento.

La correcta liberación de hormonas mejora la calidad de vida

A su vez, la privación del sueño se asocia a la disminución del rendimiento deportivo y cognitivo, a una respuesta inflamatoria generalizada de nuestro cuerpo y a un aumento de los niveles de glucosa en sangre (aumentando el riesgo de Diabetes tipo II).

Para entender la importancia del sueño, hay que hablar de la relación entre el sueño y la vigilia, y cómo estos dos se regulan. Uno de los modelos más aceptados de la regulación del sueño es el modelo de los dos procesos, propuesto por el farmacólogo Alexander Borbely en la década de 1980. Este modelo propone que la tendencia al sueño o a la vigilia a lo largo del ciclo de 24h depende de la interacción de 2 procesos: el homeostático y el circadiano.

El proceso homeostático, también llamado presión homeostática del sueño, representa la necesidad de dormir que se va acumulando con las horas de vigilia: mientras no se duerme, se acumula y, al dormir, se libera. Por otro lado, el proceso circadiano representa la tendencia del sueño o la vigilia que viene marcada por el ritmo circadiano, nuestro reloj interno. Cuando coincide una adecuada presión homeostática del sueño con un adecuado momento según el ritmo circadiano, es el instante ideal para iniciar el sueño. En definitiva, es importante que estos dos procesos se alineen cada 24 horas para tener una buena calidad de sueño.

Además, el ritmo circadiano facilita que la vigilia o el sueño se presenten en periodos determinados de ciclos cada 24h, y esa organización horaria se repite cíclicamente. En los humanos, el periodo circadiano favorable al sueño es normalmente por la noche: por el día, favorecerá la vigilia y por la noche, el sueño.

El trastorno circadiano más frecuente es el “retraso de fase”, en el que el reloj interno marca una hora para dormir más tardía de lo habitual (no cogemos el sueño a la hora en la que deberíamos dormir). Las personas que sufren esto notan una gran somnolencia por la mañana, pues su reloj interno dice que es hora de dormir. Sin embargo, por la noche se notan frescas y tardan horas en conciliar el sueño.

Pero… ¿dónde está ese reloj interno que hemos mencionado anteriormente?

Pues bien, hay un reloj interno en cada célula, pero, además, existe un reloj maestro capaz de sincronizar los relojes de todo nuestro organismo. Este reloj es diferente en cada uno de nosotros.

Cada individuo tiene su propio ritmo circadiano

En los mamíferos, dicho reloj maestro del ritmo circadiano se conforma por un grupo de neuronas llamado núcleo supraquiasmaóptico, encontrado en el hipotálamo. Con la información del mundo exterior, principalmente la luz, este núcleo va modulando su ritmo interno, ajustándolo al entorno. Va a generar el ritmo circadiano en forma de señales nerviosas, con un poco de oscilación, en las 24 horas del día. Estas señales nerviosas se transmiten por todo el organismo mediante el control de la secreción de una hormona llamada melatonina.

Dicha melatonina se empieza a producir al final de la tarde, cuando está cayendo la luz, y se mantiene elevada durante la noche. Al llegar el día, disminuye y se suprime. Al mismo tiempo, en el cerebro, la melatonina promueve el sueño. La melatonina también es conocida como la “hormona de la oscuridad”, debido a que la luz inhibe su secreción. Por ello, y para beneficiarse de un sueño de calidad, es necesario no estar sometido a sobreestimulación lumínica en las horas finales del día y en la noche. La secreción de esta hormona también va a depender de otros factores como la temperatura corporal, la alimentación o el ejercicio. Esto último se debe a que un ejercicio moderado en las últimas horas del día puede favorecer un sueño de calidad, mientras que el ejercicio vigoroso puede afectar negativamente a la calidad del sueño.

Por lo tanto, todos deberíamos tener unos niveles de melatonina óptimos por la noche, cuando queramos dormir. Sin embargo, ¿esto siempre es así? La verdad es que no. De hecho, nuestro reloj interno a veces nos dice que toca dormir cuando deberíamos estar despiertos, y viceversa.

Se ha visto que la melatonina, además de sincronizar el reloj de todas las células del cuerpo, tiene otras funciones en el organismo, como favorecer la disminución de la tensión arterial, potenciar el sistema inmune, relajar el sistema digestivo, ayudar al fortalecimiento de los huesos, actuar como “antioxidante” eliminando sustancia de desecho para poder seguir al día siguiente con pleno rendimiento… por lo que será de vital importancia en el manejo de ciertas enfermedades y trastornos.

“El sueño restaura no solo al cerebro, sino a todo el cuerpo, y los trastornos del sueño tienen conexiones importantes con todos los campos de la medicina».

(Emmanuel Dignot)
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Con esto y más, ya podemos considerar al sueño como un pilar fundamental de la salud que debería tenerse en cuenta para mejorar el dolor y la calidad de vida de las personas, junto con la dieta, el ejercicio físico y la abstinencia de sustancias tóxicas (como el tabaco o el alcohol).

¡En la siguiente entrada del blog veremos diferentes aspectos y hábitos que debemos tener en cuenta a la hora de mejorar nuestra calidad del sueño!

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¡¡Hasta el próximo día, familia!!

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